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(IVÁN): RENOVANDO TU MENTE Posted on: Sat, 16 Jun 2007 22:22:23 PDT


Sábado, 16 de Junio, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)


(¡FELIZ DÍA DEL PADRE 2007, EN TODAS LAS FAMILIAS DEL MUNDO
ENTERO!

Que el padre de familia crea a su Dios y a su salvador
celestial, el Señor Jesucristo, para que entonces su hijo
crea en su padre y en un futuro mejor para ellos mismo, para
la familia, para la nación y para la humanidad entera.

Ésta es la historia clásica de un único hijo que creyó en su
padre de todo corazón y hasta la misma muerte, también:

Entonces le pregunto Isaac a su padre Abraham: --Padre, ¿a
donde vamos? Abraham le respondió: --Vamos al sacrificio de
la mañana. Tenemos que sacrificar un cordero para el SEÑOR.
Pues él mismo me lo ha ordenado, y debo hacerlo, cuando antes
mejor. Y tú mismo tienes que venir conmigo, al lugar del
sacrificio, el cual el SEÑOR nos mostrara, cuando lleguemos a
él. Entonces los dos caminaban juntos hacia el lugar del
sacrificio, el cual no conocían, sino sólo el SEÑOR. (Éste es
el camino eterno del Mesías que nadie conoce, sólo el
Espíritu Santo de Dios, en el corazón de cada hombre, mujer,
niño y niña de toda la tierra.) Después de haber caminado por
un largo rato, llegaron al lugar del sacrificio. Era un monte
alto de la región, se llama Moriah. Abraham lo vio, y el
SEÑOR le dijo: --Ahí está, en la cima del monte, el lugar del
sacrificio; sube al él con tu único hijo, le dijo a Abraham.
Y Abraham obedeció a Dios, cogiendo a su único hijo camino
hacia la cima del monte con él. Y por el camino, casi ya
llegando a la cima del monte, Isaac le pregunta a su padre:
--Padre, he aquí vamos solos hacia el lugar del sacrificio,
pero ¿dónde está el cordero para el holocausto? Abraham
mirando a su hijo, y con gran tranquilidad en su corazón, le
respondió: --Dios mismo proveerá el cordero, para el
sacrificio. Isaac miro en su derredor, pero no veía a nadie,
ni menos al cordero para el sacrificio. Isaac sólo veía zarza
por delante y árboles distantes en su derredor también. De
pronto, Isaac le pregunta a su padre: --Padre, no veo el
cordero, ni tampoco la leña para el sacrificio, el sacrificio
que les vas a hacer a nuestro SEÑOR sobre la cima de éste
monte. Y le respondió a su hijo, diciéndole: --No te
preocupes, hijo mío, el SEÑOR nos proveerá de todo, si
seguimos confiando en él, tal como nos lo ha prometido.
Llegaron a la cima del monte, y Abraham preparo el lugar del
holocausto con su leña. Luego cogió a su único hijo Isaac y
lo ató sobre la leña del sacrificio, para ofrecerlo con su
sangre al SEÑOR del cielo y de toda la tierra. Cuando estaba
todo listo, Abraham saco su daga y la alzo sobre su hijo.
Isaac asustado se quedo quieto, sin moverse ni decir nada a
su padre que lo iba a matar, para derramar su sangre sobre el
altar, que Dios mismo le había ordenado llevarlo acabo en
aquel lugar y con él mismo delante de su presencia santa. Y
cuando Abraham comenzó a dejar caer su daga sobre su hijo,
como solía hacer con los corderos que había sacrificado para
el SEÑOR en todos los días de su vida y hasta aquel mismo
día, entonces se oyó una voz audible desde el cielo. Y la voz
era la del ángel del SEÑOR y le decía a Abraham: --Detén tu
mano, no mates con tu daga a tu único hijo. Con esto que has
hecho, ya se que amas y obedeces a tu Dios, en todo lo que te
pida hacer para Él. Al instante Abraham desistió de su obra,
descanso y suspiro de tranquilidad en su corazón y en todo su
ser, también; pues, ya no tenia que matar a su único hijo
para el SEÑOR, como estaba dispuesto hacer en aquella mañana
gloriosa para Dios y para la humanidad entera. Entonces
Abraham miro en su derredor y ahí veía un cordero detrás de
él, el cual estaba trabado entre las ramas de árboles secos,
como los árboles secos y sin vida de Adán y Eva, que luego
serian cortados en dos palos, para recibir con clavos al
Mesías del paraíso y de la tierra, el Hijo de David, ¡el
Cristo! Después de haber ofrecido el carnero sobre el altar,
en lugar de su único hijo Isaac, entonces comieron de él. Al
terminar de comer y de beber, el ángel del SEÑOR le volvió a
hablar por segunda vez, desde el cielo, a Abraham. Y le dijo:
--Así dice el SEÑOR a Abraham, como no me has negado a tu
único hijo sobre el altar que yo mismo escogí, para el
holocausto sobre de la cima del monte, entonces he jurado por
mi mismo, que te bendeciré grandemente, pues, serás padre de
muchas naciones, en toda la tierra, para siempre. Tu
descendencia será como las estrellas del cielo y como la
arena del mar, que por su número y grandeza no se pueden
contar. Ellos poseerán las ciudades de tus enemigos, para
siempre. Y en tu descendencia serán benditas las naciones de
la tierra, porque obedeciste a mi voz, cuando te llame para
hacer el bien, y dejaste el mal a un lado. En éste día, y
sobre el Monte Moriah, nuestro Padre Celestial mismo, con su
Ángel Celestial y Predilecto del cielo, posiblemente era el
mismo Mesías quien le hablaba a Abraham desde el cielo, para
detener su mano, para que no matase a su único hijo, Isaac,
profetizo para el mundo entero: la muerte posterior de su
Hijo amado, ¡el Mesías! Es decir, que su Hijo amado, el Hijo
de David, moriría por la humanidad entera, sobre la cima del
Monte, la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en
Israel, para cumplimiento de la Ley y el fin del pecado y del
ángel de la muerte, en la vida de cada hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera. Y luego así, entonces empezar
una nueva vida eterna, en la vida de su Árbol de vida, su
Hijo amado, crucificado por todos y para todos, para luego
levantarse de entre los muertos del corazón de la tierra, con
las tablas de la Ley cumplida y honrada infinitamente para
Dios y para la nueva vida eterna, del nuevo reino celestial.
Porque la nueva vida eterna no podía empezar jamás, sin la
Ley de Dios y de Israel. Es decir, que la nueva vida de la
humanidad entera, sin el fin del pecado, la muerte de Lucifer
y de sus seguidores, como sus ángeles caídos, el ángel de la
muerte y la gente de gran mentira, no podía empezar en el
cielo, como La Nueva Jerusalén, llena de la gloria de la Ley
Infinitamente honrada, para la eternidad. Entonces como el
gran rey Mesías, el Hijo de David, ya cumplió la Ley,
levantándola en el Tercer Día, de entre las profundas
tinieblas del corazón de la tierra, hacia los lugares más
brillantes y gloriosos del cielo, entonces tu nueva vida
infinita puede empezar en ti, hoy mismo, mi estimado hermano
y con tu familia, para nunca más abandonarte. ¡Amén!

Créele a tu Dios y a su Mesías, su Hijo amado, y veras la luz
de la vida eterna y no las tinieblas de siempre o de la
muerte del hoyo de la tierra o del fuego eterno del más allá.

¡FELIZ DÍA DEL PADRE 2007 A TODOS, EN TODAS LAS FAMILIAS DEL
MUNDO ENTERO!)

RENOVANDO TU MENTE

Después de haber pecado tanto en esta vida, entonces es justo
que tengamos que renovar nuestras mentes, para darle paso a
las cosas que agradan a Dios y a su Ley Sagrada, la cual ha
escrito en nuestros corazones, según fueron sus promesas en
el pasado a los antiguos, por ejemplo. Porque es necesario
que nuestras mentes estén limpias, por los poderes
sobrenaturales del espíritu del nombre y de la sangre del
pacto eterno del Señor Jesucristo, para que entonces cosas
mayores y mejores puedan comenzar a subsistir en nuestras
vidas, en vez del pecado, para bien de nuestras vidas y sobre
todas las cosas, para gloria de Dios, por supuesto.

Porque con un espíritu rebelde a Dios y a su Hijo amado,
entonces no podremos jamás leer las tablas de la Ley de Dios
y de Moisés, como el espíritu terrible del vaticano y su
gente, por ejemplo, para honrarla y para exaltarla como es
debido en nuestros corazones y en nuestras mentes, sino que
seguiremos haciendo lo de siempre. Y esto es quebrantándola,
humillándola y deshonrándola, a pesar de que leamos sus
preceptos y sus reglamentos perfectos, con un corazón y con
un espíritu equivocado en nosotros, de las leyes escritas en
contra de toda adoración a ídolos, e imágenes de talla,
violencia, mentira, maldad, robos y demás formas de pecar y
ofender al Dios de la Ley Celestial.

Por eso, estamos llamados por nuestro Padre Celestial ha
renovar nuestras mentes y corazones con un espíritu nuevo y
noble, creado por Él mismo, nuestro Dios, para que vivamos
día a día conforme a la mente del Señor Jesucristo, no sólo
en la tierra, sino también en la nueva vida venidera del
nuevo reino de los cielos. Y esto es algo posible con Cristo,
en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, si tan sólo confiamos en nuestro Dios y, a la vez,
actuamos con buena fe y con buena voluntad en nuestros
corazones, para superar nuestra vida en la tierra y en el
paraíso también, para la nueva eternidad venidera.

Y sólo así, ya no cometamos jamás los errores terribles de
los ángeles caídos, como Lucifer, por ejemplo, en el cielo o
como Adán y Eva en el paraíso, del ayer y de siempre. Porque
en la vida celestial y delante de Dios no podrá jamás
prevalecer un espíritu de error, como el que recibió Adán en
el paraíso, en el día que creyó a su esposa Eva, cuando le
daba de comer del fruto prohibido, para causarle su muerte y
la de sus descendientes por doquier, en el paraíso y en la
tierra.

Por lo tanto, en el paraíso y así también en el nuevo reino
de los cielos prevalecerá por siempre sólo el espíritu de
vida y de salud eterna del Árbol de la vida, el Mesías, el
Hijo de Dios, y más no el espíritu de error del fruto
prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal. Porque
en la nueva vida celestial, la manera en que pensamos, hoy en
día, por ejemplo, no prevalecerá ni por un solo instante
delante de Dios, ni en ningún lugar de toda la tierra sagrada
del reino de los cielos, porque sólo el espíritu de vida y de
salud eterna, del Árbol de la vida, predominará infinitamente
en el cielo.

Y tiene que ser así con todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, como siempre ha sido con cada ángel del
reino de los cielos, desde el día de su formación por la
palabra y por el nombre de Dios y hasta nuestros días, por
ejemplo. Porque sólo el Espíritu de vida y de salud infinita
del Señor Jesucristo ha de predominar en toda vida celestial
del nuevo reino venidero, para que el pecado de Lucifer ya no
vuelva a tomar vida, en el corazón de ningún ángel, ni menos
de ningún hombre o mujer, como en el caso de Adán y Eva, en
el paraíso.

Entonces todo este terrible mal del pecado y de su maldición
infinita del ángel de la muerte no puede volverse a repetir
en el cielo, ni en ningún lugar del nuevo reino de los
cielos, con los ángeles ni con los hombres de la humanidad
entera. Porque nuestro Dios no sólo desea vivir en paz, como
siempre lo ha deseado hacer así con todas sus criaturas, sino
que tampoco desea volver a ver la muerte de ningún ser
creado, por su palabra o por sus manos santas.

Es decir, ángeles caídos u hombres pecadores o mujeres
pecadoras del paraíso, como Adán y Eva o como hombres y
mujeres, como tú y yo, hoy en día, en la tierra pecadora y
rebelde, sin tregua alguna, a la Ley Celestial de Dios y de
Israel, por ejemplo, por culpa del espíritu de error del
vaticano de siempre. Realmente nuestro Dios sólo desea paz,
gozo, armonía y vida eterna, como asimismo desea el Espíritu
Santo y su Árbol de vida, para todo ser viviente de la nueva
vida celestial del nuevo reino venidero, para que su Ley sea
honrada infinitamente y aún más allá de la nueva eternidad
celestial.

Es decir, también, para que su Ley Viviente no vuelva a ser
violentada con ídolos e imágenes de talla, ni una sola vez
más, en el paraíso, en la tierra, como en el vaticano, por
ejemplo, ni menos en ningún otro lugar del nuevo reino de los
cielos y de su gran rey Mesías, el Hijo de David, ¡el Cristo!
Por lo tanto, sólo el Espíritu Santo de Dios puede hacer todo
esto una realidad infinita, de una vida mejor e infinitamente
gloriosa, en el corazón de los ángeles del reino y así
también en el corazón de todos los hombres y mujeres, de la
humanidad entera.

Con el propósito de que el espíritu de error, de las primeras
mentiras de Lucifer y de la serpiente antigua del Edén, ya no
vuelva jamás a tropezar con la vida del Árbol Viviente, el
Señor Jesucristo, en el corazón de ninguno de sus seres muy
amados por Dios, como ángeles y hombres del paraíso y de la
humanidad entera. Para que entonces la letra de la Ley de
Dios viva infinitamente, sin jamás volver a ser violentada
por la presencia de ídolos e imágenes de talla, de las manos
de los pecadores y pecadoras, como de los que siempre han
ofendido a Dios y a sus palabras, desde la antigüedad y hasta
hoy en día, en toda la tierra.

Es por eso, que el renovar el corazón y la mente del hombre
pecador y de la mujer pecadora de toda la tierra, debe
comenzar ya, con la fe celestial, de nuestro Señor
Jesucristo, centrada en nuestro Padre Celestial, para que nos
ayude y, simultáneamente, nos bendiga siempre con su Espíritu
Santo y sus muchos dones sobrenaturales. Es decir, para que
nuestro Dios siempre nos dé día y noche de su Espíritu y de
sus muchos dones sobrenaturales, para subyugar cada una de
las tinieblas, de los cuales nos han hecho tanto daño a
través de los tiempos, desde el día que Adán peca en el
paraíso y hasta nuestros días en toda la tierra, por ejemplo.

Pues sin la ayuda idónea del Espíritu Santo, entonces
nosotros no podremos hacer este cambio tan necesario de
nuestra manera de percibir la vida con nuestros corazones y
con nuestras mentes, en la tierra ni menos antes de regresar
a nuestras vidas celestiales, por las cuales fuimos creados
en el principio por las manos de Dios, en el más allá. Porque
la verdad es que nuestros corazones y sus espíritus propios
fueron creados en las manos de Dios, por inicio, para vivir
nuestras vidas celestiales e infinitas, obedeciendo y
honrando siempre a cada palabra de su Ley Sagrada, en el
paraíso y en toda la tierra, también, y más no como los
paganos suelen hacer, para engañar al mundo entero.

Es decir, que nuestro Dios no nos creo para vivir en la
tierra presente, llena del espíritu de error y de sus
profundas tinieblas que se interponen día y noche a que la
Ley del cielo sea honrada en el corazón, en la mente y en la
vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera. Es por eso, que la renovación de nuestra mente tiene
que tomar lugar ya, cuanto antes mejor, únicamente con la
ayuda idónea del Espíritu Santo y de sus muchos dones
sobrenaturales, cada vez que invoquemos el nombre del Señor
Jesucristo con nuestros labios, para bendición y para
servicio fiel y respetable a nuestro Padre Celestial que está
en los cielos.

NO SE CONFORMEN CON ESTE MUNDO

No se conformen con este mundo, por ningún de sus caminos
peligrosos para sus vidas temporales, porque hoy viven y
mañana quien sabe que podría suceder en sus vidas, si Cristo
no vive con ustedes ni su palabra tampoco, por ejemplo. Más
bien, transfórmense por la renovación de su entendimiento, de
su conocimiento, de modo que comprueben cuál sea la voluntad
de Dios, buena, digna de aceptación y perfecta para sus
corazones y para sus almas vivientes, en esta vida y en la
venidera, también, del nuevo reino celestial.

Puesto que, nuestro Dios no nos ha creado en sus manos santas
del polvo de la nada, para luego dejarnos perder en esta vida
y luego morir para descender al mundo de la perdición eterna,
en donde Lucifer y sus ángeles rebeldes moran en total
rebelión a la Ley, para muy pronto presentarse delante del
Juez de toda la tierra. Porque cada una de las palabras y
acciones negativas hacia Dios, de Lucifer y de cada uno de
sus seguidores, por ejemplo, tiene su hora de juicio eterno,
en el más allá, en donde el pecado de sus vidas será por fin
juzgado y condenado, de acuerdo a la Ley, para pagar por sus
culpas en el lago de fuego.

Entonces Dios nos ha creado en sus manos santas, con un gran
propósito en su corazón, para posteriormente acabarlo, es
decir, terminar la obra de su nueva vida infinita, en cada
uno de nosotros, para gloria y para honra de su nombre santo,
en la tierra y en el cielo. Es por eso, que cada uno de
ustedes debe de pensar y meditar, al mismo tiempo, siempre
preguntándose a sí mismo: ¿Por qué Dios me creo y me puso en
el mundo? ¿Cuál es el propósito (o la voluntad celestial)
para mi vida en la tierra o en el paraíso y para la nueva
vida venidera del más allá, también?

Y estas preguntas son correctas y validas, para sus mentes y
para sus corazones infinitos, las cuales ningún hombre las
podrá contestar jamás, sino sólo el Espíritu Santo en sus
vidas, para que entonces puedan guiar sus pasos por la tierra
y hasta llegar al lugar por el cual Dios los ha creado en sus
manos sagradas, en el principio. Y el Espíritu de Dios no va
a venir a ninguno de ustedes, si no primero invoca el nombre
sagrado de su salvación y de su bendición infinita, de parte
de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

En vista de que, es Dios quien conoce muy bien todas las
cosas que nos acontecen en nuestras vidas, en la tierra y en
nuestras nuevas vidas celestiales del más allá, también, como
en el paraíso o como en la Nueva Jerusalén Santa y Celestial
del cielo, por ejemplo, por medio del poder sobrenatural de
su Espíritu Santo. Es por esta razón, que nuestro Padre
Celestial es conocido como "el Omnisciente", por ejemplo,
entre otros nombres de gran renombre del reino de los cielos,
es decir, que nuestro Dios es conocido infinitamente por los
ángeles, como el Dios que lo sabe todo, en el pasado, en el
presente y en el futuro, también, eternamente y para siempre.

Por añadidura, no hay nada, que nuestro Padre Celestial
actualmente no conozca en nuestros corazones y en los de sus
ángeles, también, o de cualquier cosa en toda su creación
antigua y la venidera, también. En verdad, como nuestro Dios
no hay otro igual: Infinitamente, fuerte y poderoso, como
sólo Él, en el cielo y en toda la tierra, también. Pues en Él
confiamos desde el día que encontramos a su Espíritu Santo en
nuestros corazones, por medio de su fruto de vida eterna, su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

En la medida en que, sólo el Señor Jesucristo es la confianza
perfecta del corazón sagrado de nuestro Padre Celestial, pues
así también con los ángeles del cielo y con cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera. Por lo tanto,
tenemos confianza perfecta en nuestros corazones, por nuestro
Padre Celestial y por su Espíritu Santo, también, como debió
ser siempre desde el comienzo de todas las cosas, en el
paraíso, sólo por medio de su Hijo amado, el gran rey Mesías
de Israel y de las naciones, ¡el Todopoderoso!

Visto que, el nombre de nuestro Padre Celestial es
infinitamente sobrenatural y todopoderoso sobre todas las
cosas de la vida de los ángeles del cielo o de los hombres y
mujeres del paraíso o de toda la tierra, también, de hoy en
día y de siempre, por ejemplo. Porque jamás ha existido nada
ni nadie que pueda realmente ser mayor o más poderoso que el
nombre de nuestro Padre Celestial, el cual siempre ha vivido
en perfecta santidad en su templo y sobre el altar infinito,
en el corazón del Árbol de la vida, su Hijo amado, su Cordero
Escogido, su sumo sacerdote, el Mesías, ¡el Señor Jesucristo!

Entonces nuestra fe, actualmente, puede mover montañas y
hasta levantar muertos, como de los que viven en el polvo de
la tierra, desde los primeros días de la antigüedad y hasta
nuestros días, por ejemplo, para que ellos mismos testifiquen
de la grandeza de nuestro Dios y de las muchas maravillas y
milagros indescriptibles de su nombre santo. Su nombre santo
y eternamente honrado por los ángeles de los cielos, desde el
día de su creación y hasta nuestros días, por ejemplo,
viviendo infinitamente en nuestros corazones y en nuestras
almas infinitas, desde el día que comenzamos a creer en Él,
por medio del nombre sagrado y la gran obra infinita de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Es decir, que si el Señor Jesucristo vive en nosotros,
entonces también el nombre bendito de nuestro Padre Celestial
y de su Espíritu Santo. Porque el Señor Jesucristo es "el
templo eterno" del nombre sagrado de nuestro Dios y de su
Espíritu Santo, en el reino de los cielos, en el paraíso, en
la tierra y en toda la nueva creación venidera del nuevo
reino de los cielos, en el más allá.

Es más, el nombre de nuestro Padre Celestial jamás ha de
dejar de ser (o de existir), en el reino de los cielos, en el
paraíso, en la tierra, ni en la nueva vida venidera de Dios y
de su nueva humanidad infinita y celestial. Es por eso, que
nuestro Dios se ha dado a conocer a todos nosotros, sólo por
medio de su nombre sagrado, en el principio; y hoy en día, le
podemos conocer por medio de su Hijo amado, el único Mesías
de todos los tiempos, el Hijo de David, ¡el único Cristo de
Abraham, Isaac y de Israel!

Por lo tanto, sólo el Señor Jesucristo nos puede acercar a
nuestro Dios y Creador de nuestras vidas, en esta hora
crucial para nuestras almas infinitas, si tan sólo creemos en
nuestros corazones y confesamos con nuestros labios su nombre
sagrado y eternamente redentor. Y si verdaderamente el nombre
del Señor Jesucristo vive en nuestros corazones, entonces
nuestro Padre Celestial hará descender día y noche y sin
cesar eternamente y para siempre y hasta aun más allá de
nuestras nuevas vidas infinitas: cada una de sus más ricas y
gloriosas bendiciones de paz, amor, gozo, felicidad,
benignidad, bondad, sabiduría, poder y demás bendiciones
celestiales.

Entonces no nos conformemos a los tiempos del mundo, de hoy
en día, o de siempre, sino transformemos nuestras mentes y
corazones, sólo con el poder sobrenatural del Espíritu de
Dios, manifestado a cada uno de nosotros, por medio de su
palabra y de su nombre sagrado, para un nuevo despertar
celestial e infinito de nuestras nuevas vidas del paraíso. Es
decir, para que nosotros, en el mundo entero, despertemos a
la voluntad perfecta de nuestro Padre Celestial, su fruto de
vida eterna, su Hijo amado, el gran rey Mesías de todas las
edades, ¡el Señor Jesucristo!, tal como debió despertar Adán
a esta verdad y justicia infinita del paraíso y de la vida
eterna, por ejemplo.

Porque si no despertamos hacia el nombre sagrado de nuestro
Dios, de la manera que nuestro Creador decidió que fuese así
con Adán y con cada uno de sus descendientes en el paraíso,
entonces permaneceremos en eterna oscuridad de nuestros
corazones y de nuestras almas infinita, no sólo en la tierra,
sino también en el más allá, para siempre. Pero nuestro Dios
ha sido muy bueno con nosotros y nos ha dado de su misma
mente, llena de luz y de profundo entendimiento de todas sus
cosas santas de la nueva vida celestial e infinita, y nos ha
quitado la mente pecadora, para no volverla a vivir jamás,
porque la mente del Señor Jesucristo reina en nosotros, para
siempre.

VÍSTANSE DEL SEÑOR JESUCRISTO PARA QUE VIVAN

Más bien, vistamos del espíritu del SEÑOR y del Señor
Jesucristo, y no hagamos abundancia para satisfacer los malos
deseos de nuestra carne, como de costumbre, para
satisfacernos con las cosas que el mundo (sin Cristo y sin
fe) nos entrega día y noche, sin que nos demos cuenta del mal
que nos estamos haciendo, a nosotros mismos. Y esto es algo
muy doloroso para nuestro Dios, para su Jesucristo y para su
Espíritu Santo, por ejemplo, además de los ángeles y seres
gloriosos del cielo; es decir, que muchos son heridos
profundamente en el cielo y así también en la tierra, cada
vez que el hombre o la mujer peca delante su Dios y su Ley
Sagrada.

Porque el mundo, de estos días, como el de la antigüedad, por
ejemplo, nos destruirá (sin misericordia alguna), pues no
conoce la luz del fruto de la vida, ¡al Mesías!, sino sólo
las profundas tinieblas del fruto prohibido del árbol de la
ciencia del bien y del mal, el cual Adán trajo al mundo,
engañado por las mentiras de Lucifer. Y es precisamente, el
pecado de Adán lo que ha herido a la tierra para hundirla en
las profundas tinieblas de las mentiras y de la muerte de
Lucifer (y de Adán), para finalmente destruirla en su ultimo
día de existencia, con gran violencia y males terribles del
más allá, como del mundo de los muertos, por ejemplo.

Ya que, fue Adán quien descendió del paraíso con las mentiras
de Lucifer en su corazón, pero fue el Mesías quien vino a
nosotros con toda la verdad y la justicia infinita del amor
eterno de nuestro Padre Celestial, para cumplir la Ley, y
destruir al pecado y a su muerte eterna, en nuestros
corazones y en nuestras vidas infinitas. Porque sólo el Árbol
de la vida, el gran rey Mesías del paraíso y de la humanidad
entera, quien realmente podía cumplir la Ley del cielo,
destruir al pecado y a todo poder del ángel de la muerte, en
el hombre, en la mujer, en el niño y en la niña de la
humanidad entera.

De otra manera, era totalmente imposible para el hombre:
cumplir la Ley del paraíso, destruir al pecado y al ángel de
la muerte con sus manos, con su espíritu, con su vida o con
su misma sangre; sólo Cristo podía hacer todo esto, y lo hizo
en su día, para bien del hombre y para gloria infinita de
nuestro Hacedor. Es decir, también, que el mundo mismo
recibió las mentiras de Lucifer antes que la verdad y la
justicia redentora de la luz viviente y más brillante que el
sol, el Señor Jesucristo, no por decisión propia, sino por
mal acción del hombre.

Y esto fue en su día algo terrible para toda la tierra y, a
la vez, en contra de la voluntad de Dios, para mal de la vida
misma del hombre y de la humanidad entera; es por esta razón,
de las violencias, las guerras, las pestes por doquier y la
muerte que jamás cesa de destruir la vida del hombre. Pero
nuestro Dios desea cambiar este mal terrible no sólo en el
mundo, sino en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de
la humanidad entera, para que lo que Adán trajo al mundo, en
el día que descendió del paraíso, entonces ya no haga más
daño a su vida, ni a la vida de toda la tierra.

Para que entonces haya paz, amor, benignidad, bondad,
mansedumbre, gozo, felicidad, poder de vida y de salud para
todas las criaturas del aire, del mar y de la tierra,
también, según sean sus naturalezas y géneros, por doquier,
por ejemplo. Porque toda criatura del cielo, como ángeles,
arcángeles, serafines, querubines y así también todos los
hombres y animales de la tierra no pueden realmente vivir,
sin la paz del nombre de Dios y del Árbol de la vida, el
Señor Jesucristo, en sus corazones y en sus espíritus
humanos, en el paraíso o en el mundo de nuestros días.

Por lo tanto, nuestro Dios y su Hijo amado son muy
importantes juntos con el Espíritu Santo, para todo ser
viviente, en sus millares, por doquier, en el cielo, en la
tierra y en toda la nueva creación venidera del más allá. Es
decir, también, que si la luz del corazón del pecador y así
de la pecadora, deja de ser tinieblas, para recibir la luz de
la vida, el Hijo amado de Dios, entonces toda la vida de la
tierra cambiaría drasticamente, como la noche deja de ser
oscura al llegar el alba, por ejemplo, para empezar un nuevo
día soleado.

Pues en el hombre, como en la vida de todo ser animal de toda
la tierra, dejaría de ser violento y bestial, para caminar
por siempre en la luz divina y celestial, del nuevo día de la
resurrección de Dios y del Señor Jesucristo, en esta vida y
en la venidera, también, para siempre. Y es precisamente
hacia este gran día a donde todos vamos, de una manera u
otra, en el cielo y en toda la tierra, también, para empezar
un nuevo día con brillo celestial, siempre lleno de la luz de
la vida gloriosa del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo!

En vista de que, sólo el Señor Jesucristo es la nueva vida
infinita, por la cual Dios siempre soñó para los ángeles y
así también para cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, empezando con Adán y Eva en el paraíso, por
ejemplo. Ciertamente, toda vida del mundo cambiaría
decisivamente, en un abrir y cerrar de ojos, como en un
instante de fe, cuando la vida de la humanidad entera cambie,
ya sea del cielo, del mar o de la tierra, también, hacia la
luz de la verdad y de la justicia infinita de Dios y de su
Árbol Viviente, ¡el Mesías!

Entonces nosotros podemos decir también, que la tierra está
inundada en las tinieblas de la maldad de Lucifer, porque el
corazón pecador y de la pecadora de la humanidad entera, son
tinieblas tras tinieblas, sin la luz de Cristo en ningún
momento de sus vidas, sino sólo ídolos, imágenes de talla
para ofender a Dios y a su Ley Divina. Y si esto es así,
antes que sea tinieblas dondequiera, entonces es mejor que
nos vistamos del Señor Jesucristo, por su palabra, por su
nombre, por su espíritu y por sus muchas buenas obras, de las
cuales manifestó a todo aquel que tan sólo se le acerco a Él,
en busca de su bendición y la salvación de su alma.

Pues entonces hoy más que nunca, tenemos que vestirnos del
Señor Jesucristo para no volver hacer provisión para
satisfacer los viejos deseos mundanos del mal terrible del
pecado y del ángel de la muerte, por ejemplo, en nuestros
corazones y en nuestros cuerpos espirituales y humanos.
Vamos, pues, ha vestirnos del espíritu de la sangre del
"sacrificio infinito", de la palabra viva y del nombre
sagrado y todopoderoso de nuestro salvador celestial, el Hijo
de David, el Hijo de Dios, el Mesías, para que vivamos y así
no muramos jamás, en nuestros errores y culpas de siempre, en
esta vida y en el más allá, también.

CREA EN MI, OH DIOS, CON TUS MANOS: UN NUEVO CORAZÓN CON SU
ESPÍRITU PURO

Es por eso, que tenemos que orar en todo tiempo a nuestro
Padre Celestial, en el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo!, para que nos dé de su Espíritu Santo sin
medida alguna día y noche y por siempre, en la eternidad
venidera. Y ponerle de manifiesto sólo a Él, el sentir
profundo de nuestro espíritu y de nuestro corazón humano,
para decirle entonces: "Crea en mí, oh Padre Nuestro, un
corazón puro y renueva un espíritu firme dentro de mi alma,
para que yo viva por ti, alabando y honrando tu nombre santo,
en esta vida y en la venidera, también, infinitamente".

En vista de que, si no somos transformados en nuestra manera
de ser, pecadora y vil hacia nuestro Dios y a hacia la vida
sagrada de su Hijo, "la Ley Divina", entonces no podremos
servirle a Él, como sólo Él se merece en nuestras vidas y con
la ayuda idónea de su Espíritu Santo y sus dones
sobrenaturales, por ejemplo. Porque es por medio de la
oración, no de ídolos e imágenes de talla, que violan la Ley,
por la cual nuestro Dios nos oye, sino únicamente por medio
del espíritu de la palabra y de la sangre viviente de nuestro
salvador celestial, ¡el Señor Jesucristo!, viviendo en
nuestros corazones día a día y por siempre, en el paraíso.

Y esto fue algo que Dios deseaba que Adán entendiese en su
corazón, cuando antes mejor, como por ejemplo, en el día que
Él mismo le hablaba sobre la necesidad infinita de su corazón
y de su alma viviente, del fruto de vida del Mesías, viviendo
en su corazón y en sus labios, también, para enriquecimiento
de su vida eterna. Porque el principio de todas las cosas, ya
sea para ángeles del cielo u hombres, mujeres, niños y niñas
de la humanidad entera, ha sido siempre el fruto de la vida
infinita, su Hijo amado, viviendo en sus corazones y en sus
espíritus humanos, en el paraíso o en cualquier lugar de su
vasta creación, terrenal y celestial.

Entonces sin el Señor Jesucristo, nuestro Dios no puede
empezar, ni menos hacer nada por nadie, en el cielo o en toda
la tierra. Pues así también ha de ser en la nueva vida del
nuevo reino celestial, Dios sólo actuara como siempre, en la
vida de los ángeles y de los hombres, mujeres, niños y niñas
de la humanidad entera, por medio de su Árbol de vida, para
que sus vidas crezcan siempre haciendo sólo el bien, lo
agradable a Dios, su Ley.

Por eso, Dios nos ha enseñado siempre acercarnos a Él, por
medio de su Árbol más brillante que el sol, el cual Moisés
mismo vio con sus propios ojos, que ardía al lado del Sinaí y
le llamaba incesantemente, cada vez que lo veía pastoreando
sus ovejas, sin molestar, ni quemar, ni dañar nada en todo su
derredor, por ejemplo. Y esta luz, la cual acerca a Moisés,
al que le hablaba entre la luz y el fuego en la zarza, era la
misma presencia del "Cordero Escogido de Dios", quien
posteriormente seria conocido por todo Israel, como el Hijo
de David, el Mesías y único salvador del alma viviente de
todos los hombres y mujeres de la humanidad entera.

Pues seria el Santo del cielo, quien seria clavado a los
árboles secos y sin vida de Adán y Eva, para ser colocado
sobre la cima de la roca eterna de Dios, en las alturas, en
donde, no mucho tiempo antes, Israel había recibido por
tablas y de las manos de Moisés la Ley Escrita de la vida del
Mesías. Porque la Ley del paraíso es la vida del Mesías,
santa, pura e irreprochable, la cual Adán y Eva rechazaron
para ellos y los suyos, desde el primer día de vida en la
tierra y hasta que por fin entrega su sangre sagrada del
pacto eterno, entre Dios y el hombre de toda la tierra.

Entonces ahí estaba nuestro salvador, ardiendo en la luz de
las llamas celestiales, tal como Adán y Eva lo vieron en el
paraíso, y así también Moisés le vio en sus varios
encuentros, sobre el Sinaí, pero esta vez, sobre la roca
eterna, suspendido por clavos entre el paraíso y la tierra,
para ponerle fin al pecado original del hombre. Y nuestro
Señor Jesucristo estaba suspendido con clavos entre el
paraíso y la tierra, porque sólo así entonces podía cumplir
la Ley de Dios y de Israel, para ponerle fin al pecado de
Adán y al ángel de la muerte, también, en la vida de todos
los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera.

Además, desde aquel día en adelante, únicamente Dios reina
supremo sobre toda alma viviente del paraíso y de la tierra,
también, para gloria y para honra infinita de su nombre
santo, en los corazones de cada uno de sus ángeles fieles y
sumamente honrados delante de Él, de su Espíritu Santo y de
su Árbol de vida, ¡el Señor Jesucristo! Entonces como Israel
recibido de las manos de Dios y de Moisés: la Ley que hablaba
de la perfección de la vida del Mesías celestial, en la vida
de los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad
entera, pues así también tuvo que levantar la vida del
Mesías, toda sangrienta, pero con la Ley cumplida hasta lo
sumo. Y nuestro Padre Celestial acepto el holocausto eterno
de manos de Israel y de los gentiles, de una vez por todas y
para siempre.

Así, era necesario que los hijos de Adán levantasen al
Mesías, al Árbol de la vida, sobre la roca eterna, pero con
la Ley totalmente cumplida, no sólo en la vida y la sangre
del gran rey, sino también en el corazón de cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, sin hacer
excepción de persona alguna, jamás. Porque fue entre el
paraíso y la tierra que Israel recibió la Ley Celestial, pues
entonces entre el paraíso y la tierra Israel tenia que
devolverla a Dios, pero esta vez salpicada con la sangre de
la Ley, sangre del Mesías, quien la pone en practica, palabra
por palabra, tilde por tilde y significado por significado
eterno, sin ofenderla jamás.

Y desde el día, que nuestro Señor Jesucristo le entrego su
Ley a Dios, de las manos de sus hijos e hijas de Israel y de
la humanidad entera y, además, salpicada con su sangre del
pacto eterno, entonces tenemos acceso diariamente a mayores
bendiciones de su altar y de su trono santísimo, en el cielo
y la tierra, infinitamente. Y es poder soberano en la vida
infinita de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, porque han creído en su Dios y su causa justa, su
Hijo, el Señor Jesucristo, para vencer cada una de las
tinieblas del pecado y engrandecer su nombre sagrado mucho
más que antes, en el cielo y en toda la tierra.

Es por eso, que todo aquel que pueda orar e invocar el nombre
del Señor Jesucristo con sus labios, creyendo en su corazón
que Dios le oye, entonces "el cojo caminara, el ciego vera,
el sordo oirá, el enfermo sanara, el hambriento comerá, el
sediento beberá vida y salud eterna, para siempre, en Cristo
Jesús, Señor nuestro". Y todo esto, únicamente lo podía hacer
el Mesías, quien Moisés mismo vio y conoció primero al lado
del Sinaí, cuando ardía en sus llamas de luz más brillante
que el sol, para alumbrar sobre todas las tinieblas de los
corazones de los israelíes y así también sobre los corazones
de la humanidad entera, para perdón y salvación infinita.

Y esta luz, de las llamas del Sinaí, para recibir al Árbol
Viviente, "el Cordero Escogido de Dios", o para recibir la
Ley, no ha dejado de brillar con su candela sobre la roca
eterna, derramando de su espíritu de la sangre sagrada, en
las afueras de Jerusalén, desde el paraíso, para bien eterno
de los que aman a Dios. Y, hoy en día, ésta misma luz brilla
con el mismo poder y su candela sobrenatural de siempre, de
los días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo,
para alumbrar las tinieblas de tu corazón, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, para que veas luz y no
tinieblas, en la tierra y así también, en el paraíso
infinitamente.

Porque sólo la luz, del Árbol de la vida, puede realmente
alumbrar las tinieblas de los hombres en todos los lugares de
la tierra día y noche y hasta que tú mismo seas, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, hecho libre eternamente de
cada una de ellas, en tu corazón y en toda tu alma, también.
Y sólo así entonces despertar en ti (y en los tuyos, por
igual) a un nuevo amanecer, de un día soleado, largo, eterno
y feliz, para que no dejes de vivir jamás para Dios, ni para
su Espíritu Santo, ni para su nueva vida infinita, su Hijo,
el Señor Jesucristo, en esta vida, ni en la venidera,
tampoco, para siempre.

En vista de que, sólo el Señor Jesucristo es la luz que nos
despierta de nuestro sueño eterno de las profundas tinieblas
del pecado y de la muerte eterna, de nuestros corazones y de
nuestras almas vivientes, en la tierra y en el paraíso,
también, para siempre. Entonces le puedes muy bien pedir a
Dios, desde hoy mismo, todo lo que desees en tu corazón y en
toda tu vida, también, con tan sólo orar e invocar, a la vez,
siempre delante de Él y de su Espíritu Santo, el nombre
sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Porque es sólo por medio de la oración y la invocación del
nombre bendito de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, que
cada una de nuestras peticiones, oraciones, suplicas, ruegos,
pedidos e intercesiones, son siempre "sí" en Él y en su
Espíritu Santo, hoy en día y por siempre, en la eternidad
venidera. Y sin el Señor Jesucristo en nuestros corazones y
en nuestro diario vivir, entonces todas las preguntas,
oraciones, peticiones, pedidos, intercesiones, ruegos, son
"no", en nuestro Padre Celestial y en su Espíritu Santo,
también, para siempre. Y esta es una máxima antigua del
cielo, del paraíso y de la tierra, también, la cual no ha
sido cambiada jamás, por nadie, ni por nada, desde la
antigüedad y hasta siempre.

Y no es que nuestro Dios sea malo con nosotros, sino que
simplemente él no puede contaminarse con el pecado de nadie,
ni menos su Espíritu Santo, si la verdad y la justicia del
Señor Jesucristo no están en nosotros para protegernos y para
proteger, también, a Él mismo y a su Espíritu Santo del mal
de Lucifer. Entonces, sin más esperar, has que el Señor
Jesucristo entre y viva en ti, y veras que todo lo que sea
entre tú y nuestro Padre Celestial que está en los cielos, ha
de ser por siempre: ¡Sí! y más nunca no, por ninguna razón,
por más razonable que sea.

HAN DE MORIR, COMO TODO PECADOR, SI NO ECHAN DE SUS VIDAS LOS
PECADOS

Pues como han sido bendecidos por el Altísimo, desde los días
de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, entonces
echen de ustedes sus transgresiones, de las que hayan
cometido, y adquieran un corazón nuevo con una fe, en el
Mesías, para comenzar a vivir sus nuevas vidas infinitas, en
la tierra mucho antes de regresar al paraíso. ¿Por qué han de
morir en sus profundas tinieblas, desde hoy mismo, como todos
los pecadores y como todas las pecadoras de toda la tierra?

Porque todo aquel que peca, entonces muere en sus profundas
tinieblas, de las cuales no lo librara nadie, sino sólo el
Espíritu de fe y de vida eterna del Señor Jesucristo. Pues
entonces si nuestro Padre Celestial ya los ha redimido de
todos los males del pecado y de su muerte eterna, también,
por los poderes sobrenaturales de la verdad y de la justicia
celestial, de la sangre viva e infinita de su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo!, entonces caminen en el camino eterno del
SEÑOR. Porque no hay otro camino igual o parecido, de regreso
a la vida celestial y santificada del paraíso, sino es
únicamente por el Árbol de la vida, ¡el Mesías!

Porque éste camino del SEÑOR es eterno y sumamente santo, el
mismo camino que nuestro Señor Jesucristo usa para descender
del paraíso y caminar por toda la tierra, para luego regresar
al paraíso y seguir oficiando sobre el altar santísimo de
nuestro Padre Celestial para bien de todos nosotros, en todos
los lugares de la tierra. Y nuestro Señor Jesucristo regresa
al paraíso, no abatido por el enemigo, sino venciéndole
eternamente y para siempre con el espíritu viviente de su
misma sangre santa y perfecta, para el bien eterno de muchos
en el cielo y en toda la tierra, también, para que cada una
de nuestras oraciones y peticiones sean siempre si, en
nuestro Dios.

Entonces cuando el Señor Jesucristo regresa a Dios, realmente
regresa con buenas noticias, latiendo vida en su corazón
santo para Dios mismo y para la nueva vida del nuevo reino de
los cielos, por ejemplo. Y esto fue, que su sangre nos había
limpiado y, a la vez, librado de todos los males del enemigo
eterno, Lucifer y del ángel de la muerte, también, para jamás
volvernos a hacer daño, si tan sólo le somos fiel a Él y a su
nombre santo, en nuestros corazones y en nuestras mentes,
desde hoy y por siempre.

Entonces ya no somos hijos de las tinieblas, sino que
verdaderamente, por amor y por justicia divina, somos los
nuevos hijos de Dios, gracias a las muchas buenas obras de
nuestro Señor Jesucristo, en el cielo y en la tierra, como
cuando fue clavado a los árboles secos y sin vida de Adán y
Eva, para darnos vida eterna. Porque la vida eterna, la cual
todos habíamos perdido en el paraíso, por medio de Adán y
Eva, cuando creyeron en sus corazones a las mentiras de
Lucifer, entonces tenia que regresar a nosotros, también,
sólo por medio de ellos mismos, pero cruzados con el Mesías
sangriento, por obra, gracia y misericordia infinita de Dios
y de su Espíritu Santo.

Por lo tanto, ustedes tienen vida en abundancia en Dios y en
su Árbol de vida, si tan sólo se acercan a Él, no por los
ídolos e imágenes de talla, como del vaticano, sino por el
mismo espíritu de la sangre del pacto eterno, del "Cordero
Escogido de Dios", su Hijo, el gran rey Mesías e inigualable
hasta hoy. Porque muchas gentes han buscado a su rey Mesías,
desde los días de la antigüedad y aún hasta nuestros días,
también, por ejemplo, sin encontrarlo nunca.

Pues no lo encontraran jamás, en sus corazones, ni en ningún
momento de sus vidas, porque sólo el Señor Jesucristo es el
gran rey Mesías de los ángeles del cielo y así también de
Adán en el paraíso y de cada uno de sus descendientes, de
todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la
tierra, para siempre. Y los que lo han encontrado, fue porque
miraron hacia el cielo, para comenzar a creer en su Dios y
Creador de sus vidas, porque aquel que vive por los siglos de
los siglos, su Hijo amado, es el Santo de Israel y de las
naciones, ¡el Cristo!

Porque así como Dios les dijo a los israelíes, en el
desierto, después de su gran rebelión hacia él y su maná,
entonces si miran hacia lo alto y ven a la serpiente ardiente
de bronce, en el asta de Moisés, ciertamente vivirán: las
serpientes venenosas huirán de ustedes y sus toxinas ya no
les harán más daño a ninguno. Es decir, que si ustedes
levantasen sus ojos hacia el paraíso y creen en sus
corazones, confesando con sus labios: el nombre redentor del
fruto de la vida eterna, entonces las tinieblas, como las
serpientes ardientes del desierto, huirían de ustedes y hasta
que ningún mal, ni poder del pecado, permanezca en sus
corazones y en sus almas, para siempre.

Es más, el ángel de la muerte los temerá a ustedes, en vez,
de ustedes temerle a él, como siempre le han temido a través
de los días de sus vidas por la tierra y hasta este mismo
instante, también, por ejemplo, les decía el SEÑOR a los
israelíes rebeldes, para que se arrepientan por haber
rechazado su maná celestial. En verdad, ustedes quedarían
totalmente libres de todos los males, como los males de
siempre que agobian sus vidas por diversas enfermedades y
otros males del corazón, del espíritu, del alma y del cuerpo
humano, también, por ejemplo. Pero tienen que levantar sus
ojos al paraíso, como buscando el Árbol de la vida, ¡el
Mesías Celestial de Adán y Eva!, para bendición y salvación
de sus vidas de todos los males de sus enemigos y, por
supuesto, de Lucifer, también para siempre.

Verdaderamente, llegarían a conocer, como los ángeles, sólo
la verdadera vida del paraíso, como jamás se lo imaginaron,
ni les paso por sus mentes jamás, libres de las tinieblas
mentirosas de Lucifer y de la serpiente antigua, de las
cuales invadieron el corazón y el alma de Adán y Eva, para
posteriormente destruir sus vidas, de la manera más cruel
posible. Haciendo así el corazón de Dios muy triste, por
cierto, que hace a los ángeles y a su Espíritu Santo llorar,
como el Señor Jesucristo sufrió y lloro por cada uno de
nosotros, cuando recibió con violencia, los insultos, el
dolor y las lagrimas de su sacrificio supremo, el cual la
humanidad jamás ha conocido otro igual, desde aquellos días.

Y éste es un sacrificio celestial, el cual perdurara en la
luz de su candela brillante en el corazón de Dios, de su
Espíritu Santo, de los ángeles del cielo y así también de
cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, a
través de los siglos y aun más allá de la nueva eternidad
venidera. Porque el espíritu de la sangre, el cual encendió
ésta candela más brillante que el sol, no cesara jamás de
alumbrar nuestros corazones, nuestras almas, nuestros pasos
por la tierra y en el más allá, también, en nuestra nueva
vida inmortal del nuevo reino de Dios y de su nueva humanidad
celestial e infinita del paraíso de Adán y Eva.

Hemos de vivir por siempre alumbrados por la luz del Árbol de
la vida, el Señor Jesucristo, para no volver a ser ciegos
jamás, por el pecado de nadie. Porque sólo el Señor
Jesucristo es la luz de la vida del reino de los cielos y así
también de toda la tierra y aún en el nuevo más allá,
también, de la nueva vida venidera del nuevo reino de Dios,
por ejemplo, como el paraíso de Adán y Eva y La Nueva
Jerusalén Santa y Perfecta del cielo.

Es por eso, que el corazón del hombre sin Cristo Jesús,
entonces vive en las profundas tinieblas del más allá, como
las tinieblas que destruyeron la vida de Adán y Eva, en el
paraíso, por ejemplo, y las cuales destruirán su alma
viviente, también, en su día final de vida, en su segunda
muerte, en el lago de fuego. Y éste mal terrible le ha de
suceder a todo hombre y a toda mujer de la tierra, si no se
aparta de las tinieblas de sus pecados y del espíritu de
error en su corazón, para entonces darle paso a la luz del
Árbol de la vida, la mente celestial e infinita del paraíso,
¡el Señor Jesucristo!

Por cuanto, sólo el Señor Jesucristo es quien "guiara" sus
pensamientos y sus pasos, también, en perfecto amor y paz día
y noche, en la tierra y aun más allá de su nueva vida
celestial del reino de Dios y de sus huestes celestiales,
para que no tropiece más con su mal, ni el mal de nadie, para
siempre. Por lo tanto, nuestro Padre Celestial no desea la
muerte de nadie, en ningún momento de la vida en la tierra o
del paraíso; es más, nuestro Dios jamás ha deseado la muerte
de ninguno de sus seres creados, ya sea por su palabra, por
su nombre o por sus manos santas, por ejemplo, sino todo lo
contrario.

Nuestro Padre Celestial desea el mismo amor, el bien, la paz,
la felicidad, el gozo y la vida infinita de su Árbol de vida,
para todos los ángeles, hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera, comenzando con Adán primero y luego con
cada uno de sus descendientes, en el paraíso y en toda la
tierra, también. Porque sólo el Señor Jesucristo ha de ser
por siempre: el amor, el bien, la paz, la felicidad, el gozo
y la vida infinita de todo ser viviente, ya sea ángel del
cielo u hombre o mujer, regenerada por el sacrificio
consumado con la sangre del pacto eterno, en la nueva vida
infinita del nuevo reino de los cielos.

Entonces hoy más que nunca, deben de acercarse a su Dios y
"pedirle perdón" por sus pecados, para que el espíritu
rebelde del primer pecado de Adán y Eva salgan de sus
corazones con cada una de sus tinieblas, para que no sufran
más sus males de siempre, sino que vuelvan a tener y gozar:
las bendiciones perfectas de la vida. Y esta nueva vida ha de
venir a cada uno de ustedes, sin más demora alguna, si tan
sólo creen en sus corazones y así confiesan con sus labios:
el nombre sagrado de nuestro salvador celestial, ¡el Señor
Jesucristo!

Porque es el espíritu de la vida y de la sangre celestial del
paraíso, la que Adán y Eva perdieron en el día de su
rebelión, cuando comieron del fruto prohibido, pues, ha de
ser la misma sangre que entre en sus corazones y en sus
venas, para llenarlos de la vida verdadera de Dios y de su
Árbol Viviente. Y nuestro Dios hará esto con cada uno de los
suyos, para que jamás vuelva a alejarse de su salvador
celestial, como Adán y Eva lo hicieron en el paraíso, en el
día que creyeron a la mentira de la serpiente antigua en sus
corazones y confesaron con sus labios, lo que jamás debieron
haber confesado, en sus vidas celestiales.

Y esto fue, en aquel día crucial para ellos y la humanidad
entera, las mentiras del espíritu de error de Lucifer, para
mal de sus vidas y la de muchos, también, en toda la creación
de Dios, como vemos, hoy en día, por ejemplo, tanta rebelión
de Lucifer multiplicada en tantas vidas preciosas ante los
ojos de Dios. Entonces debemos orar al SEÑOR, que nos dé un
espíritu nuevo con nuevas fuerzas, para escapar los males del
espíritu de error de las mentiras de Lucifer y de la
serpiente antigua del Edén, las cuales aún viven en nuestros
corazones y en nuestras venas, para seguir haciéndonos daño
como siempre, y hasta que destruya nuestras vidas en el
infierno.

Pues entonces, sin más esperar, echen fuera de sus vidas sus
pecados al olvido, por el poder de la sangre del Señor
Jesucristo, para que les dé el Espíritu Santo, sin medida
alguna (o sin escatimar nada): un nuevo corazón con un
espíritu puro, para comenzar a vivir ya, la vida de Adán,
como la vida perfecta del Árbol Viviente. Porque si no lo
hacen así, como Dios manda, entonces indefiniblemente morirán
en sus propias tinieblas de siempre, para jamás volver a ver
la luz del sol, ni menos del Árbol de la vida del paraíso,
sino que verán por siempre las profundas tinieblas de sus
pecados y de su segunda muerte del alma eterna, en el lago de
fuego.

UNA MENTE NUEVA ES OBLIGATORIA

El hombre debe de renovar su corazón con un espíritu nuevo,
para que su mente sea transformada a la mente del Señor
Jesucristo, en un momento de fe y de oración, como en un
instante milagros, como en un abrir y cerrar de ojos, para
agradar a nuestro Padre Celestial, que está en los cielos.
Porque sólo la mente del Señor Jesucristo puede pensar
siempre, en lo que le agrada a Dios en su corazón sagrado,
para bien de la vida del hombre y para el bien eterno de los
suyos, también, en la tierra y en el paraíso, hoy en día y
para siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino
celestial.

Por esta razón, nuestro Creador no solamente nos ha entregado
a su Hijo y a su sangre redentora, sino también su vida y el
espíritu de su mente divina e infinita, para que pensemos en
lo que le agrada a Él, y así finalmente llegar algún día, no
muy lejano, a conocerle, tal como siempre ha sido en su vida.
Pues piénsalo bien, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, lo que nuestro Dios ha hecho por ti, maravilloso,
sublime e infinitamente glorioso, para tu corazón y para tu
alma eterna, no te lo puedes creer ni a ti mismo, mucho menos
tu prójimo. Y es esto lo maravilloso que Dios transforma tu
mente y toda tu vida, en menos que canta un gallo, en un
instante de fe, en el Mesías del paraíso, de Israel y de la
humanidad entera.

Realmente, nuestro Dios nos ha entregado la misma mente del
Señor Jesucristo, ni más ni menos, si tan sólo creemos en Él
y en su obra justa y sagrada, por medio de la fe salvadora,
sólo posible en creer e invocar a su Hijo amado con nuestros
labios, cada vez que hacemos una oración de fe, invocándole.
Porque sólo el espíritu del corazón de la mente del Señor
Jesucristo puede realmente conocer a Dios y a su Espíritu
Santo, en esta vida y, por supuesto, en la nueva vida
infinita del nuevo reino de los cielos, de los ángeles, en
sus millares y de todos los hombres, mujeres, niños y niñas
de la humanidad entera, también.

Es decir, que el espíritu del corazón sagrado de la mente del
Señor Jesucristo tiene que ser parte de cada uno de nosotros,
hoy más que nunca, como siempre ha sido nuestra su imagen y
su semejanza, para que entonces nosotros poder conocerle a
él, tal como siempre ha sido a través de los siglos, como el
Fundador de nuestras vidas. Y sin éste espíritu del corazón
de la mente del Señor Jesucristo, entonces nosotros mismos
seremos igual que Adán y Eva, en el paraíso, sin saber en
donde estamos parados, ni que estamos haciendo en sus lugares
sagrados del paraíso y delante de la presencia gloriosa de su
Árbol de vida y de sus millares de ángeles celestiales, por
ejemplo.

Además, yo mismo estoy seguro, que ningún hombre desea caer
en el error de Adán, como también ninguna mujer desearía
cometer el mismo error del primer pecado original de Eva,
para hacerle tanto daño a Dios y a su descendencia infinita,
en el cielo y por toda la tierra, también. Es más, no
podremos conocer a Dios, ni a su Jesucristo, ni menos a su
Espíritu Santo, ni a ninguno de sus ángeles u hombres o
mujeres fieles a Él, del pasado o de siempre, porque el
espíritu del corazón rebelde de la mente de Adán reinaría,
como siempre, en nuestras vidas, para aumentar ceguera a
nuestra ceguera espiritual.

Y esto es muerte segura para cualquiera, en el paraíso, en la
tierra y, por supuesto, en el infierno y en el lago de fuego
del más allá, también. Es decir, que la mente rebelde a Dios
y a su Árbol de vida eterna, del pecador y de la pecadora, de
hoy en día, en todos los lugares de la tierra, va
directamente a descender a su lugar eterno, entre las llamas
de la ira de Dios, en el infierno o el lago de fuego, como
los ángeles caídos. Y los ángeles caídos, como Lucifer
primero, por ejemplo, va directamente a su muerte eterna
entre las llamas del lago de fuego, por la simple razón de
que el espíritu del corazón de su mente y de cada uno de sus
seguidores, en sus millares, como en la tierra y en el más
allá, no es del Señor Jesucristo; eso es todo.

Por ende, ninguno de ellos tiene la mente del espíritu del
corazón del Señor Jesucristo o del Árbol Viviente, porque se
negaron a comer y beber de Él, en sus días de vida en el
cielo, lo cual los hizo rebeldes a su Dios y salvador de sus
vidas, para luego ser echados fuera de la presencia de Dios,
eternamente. Porque ningún ángel caído tiene el perdón de
Dios, por su rebelión hacia Él y hacia su nombre santo, el
cual vive en perfecta santidad, en el espíritu del corazón de
la mente sagrada de nuestro salvador celestial, el Señor
Jesucristo, en el cielo y por toda la tierra, también.

En la medida en que, sólo el Señor Jesucristo es el verdadero
"templo del nombre sagrado de Dios", en el reino de los
cielos y por toda la tierra, también, eternamente y para
siempre. Y así también ha de ser en la nueva vida infinita
del nuevo reino de Dios, con los ángeles y con cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, para miles de
siglos venideros, en el nuevo más allá de Dios y de su
Espíritu Santo, por siempre rodeado de seres santos y de su
nueva humanidad celestial.

Todos, sin hacer excepción de persona alguna, tendrán el
espíritu del corazón de la mente del Señor Jesucristo delante
de Dios y de su Espíritu Santo, en sus nuevas vidas
celestiales de su nuevo reino eternal, desde ya, en el más
allá, si tan sólo creen e invocan al Mesías en sus vidas, al
Hijo de David, para destruir tinieblas. Entonces el Espíritu
Santo de Dios, desde los primeros días de la creación del
cielo y de la tierra, como desde génesis 1:2, por ejemplo,
Dios no ha dejado de enviarlo al mundo, lleno de poderes y de
autoridades muy especiales, para bendecir la vida del hombre
y de su linaje por doquier, para que las tinieblas no los
dañen.

Es decir, para transformar lo que antes era tinieblas en el
espíritu del corazón de la mente del hombre, a la luz más
brillante que el sol del Árbol de la vida, su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo!, para que no viva más perdido en sus
pecados, sino todo lo contrario. Y esto es, para que él o
ella, junto con los suyos, en todos los lugares de la tierra
y en el paraíso, también, vivan por siempre seguros, gozando
en sus espíritus y cuerpos humanos: el favor, la misericordia
y la gracia infinita de su nombre redentor, su "Cordero
Escogido", ¡el único y perfecto Mesías Celestial, para la
eternidad!

Entonces si cambias el espíritu del corazón de tu mente, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, realmente habrás
cambiado el destino de tu vida, porque tu caminar ya no será
por las tinieblas de la tierra o del más allá, sino por el
camino eterno de la luz de la vida infinita del Señor
Jesucristo, para nunca más perderte. Fue por esta razón, que
el Señor Jesucristo les manifestó a sus apóstoles y
discípulos, de que sólo Él es el camino, la verdad la vida
para regresar a sus vidas normales y celestiales del paraíso
o del nuevo reino de Dios, en los cielos, como la nueva vida
infinita de La Nueva Jerusalén de la nueva eternidad
venidera.

Pues, sin más escribir por el momento tu mente es el Señor
Jesucristo, como en el día de tu formación, como en los días
de vida celestial en el paraíso, como hoy mismo en la tierra,
para Dios y para su Espíritu Santo, y hasta por siempre, en
tu nueva vida infinita y feliz del nuevo reino de los cielos.

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".

.TO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros están a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.



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102757. (IVÁN): RENOVANDO TU MENTE